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La metanfetamina se apodera de Saltillo, ya existen casas de consumo

Es la droga de moda y por ello impone su precio. Desde hace dos años está en la cima, señalan vendedores cautelosos que portan armas por lo que se ofrezca, aunque nunca hayan matado a nadie. Muchos de ellos distribuyen sólo para solventar su adicción

Foto: El Guardián

Saltillo, Coahuila.- Parecen casas como cualquier otra, pero cuando el sol se oculta en Saltillo son sitios donde jóvenes se reúnen para consumir el cristal, la droga que se adueña del mercado imitando fugazmente la felicidad… y robando el sueño varios días.

En menos de dos horas allí se fuma lo suficiente para seguir despierto las siguientes 48, 72. El costo es relativamente bajo: con 200 pesos consigues “un toque”, el problema es la rapidez con que se consume y la necesidad de seguir haciéndolo.

Al cruzar la puerta parecen viviendas deshabitadas. El espacio en donde debería estar la sala conduce directamente a las recámaras, donde no se necesita más que una cama, computadora y teclado eléctrico para amenizar la velada, que transcurre entre risas e historias.

Para “ponerse” hacen falta además encendedor, desarmador y un foco. “Es todo un arte”, señala un consumidor, porque hay que quitarle la punta a la bombilla sin quebrarla.

Su ingesta imita la dopamina y la norepinefrina, lo que asegura la adicción casi inmediata, debido a “felicidad” creada, a la “energía” adquirida. En realidad hace que las neuronas sangren más, lo que a la larga reduce la producción de los neurotransmisores, creando una insatisfacción constante. Pero para entonces el consumo se convierte en necesario, casi obligado.

Para “ponerse”. Un foco, un encendedor, un poco de rollo y la droga. Foto: El Guardián

DE ADICTOS A VENDEDORES

En otra casa donde venden, la entrada es diferente. Hay un sofá en medio de puertas cerradas y frente a él una mesa. Encima, una báscula, una pistola y celulares que no dejan de recibir mensajes.

Es la droga de moda y por ello impone su precio. Desde hace dos años está en la cima, señalan vendedores cautelosos que portan armas por lo que se ofrezca, aunque nunca hayan matado a nadie. Muchos de ellos distribuyen sólo para solventar su adicción.

El “dealer” pesa las bolsas, listas para la venta. Foto: El Guardián

Afirman que las autoridades conocen algunos puntos, pero quitan uno y salen dos, por lo que la distribución está casi a la vista de todos.

Una casa como cualquier otra, pero en la que se crean historias de noche, porque en el día o se trabaja o se descansa, y tras el crepúsculo se vive, se ríe, se aprende, se analiza; se pasan las horas tan lento y tan rápido a la vez. El tiempo es relativo.

Algunos saben que el final de esto que viven está próximo, otros no se preocupan en lo mínimo, viven el momento, el ahora. Son un grupo de jóvenes que disfrutan el consumo de drogas, adictos o no. Saben, por lo que ha marcado la sociedad, que está mal… pero es sólo una decisión que toman, que, como todo, trae consecuencias.

Al cruzar la puerta parece una casa deshabitada, el vacío entre donde irían la sala y comedor se convierte en un pasillo alargado que te lleva a una de las recámaras, donde un sillón viejo, una cama y un ropero con una computadora encima decoran la escena. A un costado de la cama está un teclado eléctrico con el que se crean melodías para amenizar la noche.

200 pesos es el precio promedio que cuesta una dosis de cristal. Foto: El Guardián

Pasa el tiempo, las horas transcurren como minutos lentos y tediosos. En menos de dos ya consumieron suficiente cristal como para no dormir en los siguientes dos o tres días. El tiempo despierto se vuelve aún más kilométrico, la desesperación por no poder dormir comienza a apoderarse de ellos, hacen lo conveniente, o necesario, para provocar su cansancio y para caer rendidos… sin conseguirlo.

Para algunos la música es parte importante de su vida, otros sólo son espectadores, consumidores que crearon su adicción en las calles, a espaldas de sus padres que ni se imaginan que las drogas están tan cerca.

El costo es relativamente bajo: con 200 pesos consigues “un toque”, el problema es la rapidez con la que se consume, y la necesidad de seguir fumando.

Para “ponerse” no hace falta tanto, un foco, un encendedor, un poco de rollo y, obviamente, el cristal.

Esa noche uno tocó un poco de reggae mientras otro retiró la bombilla que alumbraba la sala. Con un desarmado quitó la punta con cuidado, para no quebrarlo: “es todo un arte”, dice mientras el resto ríe recordando cómo da “la risueña” con la mariguana.

De la adicción a la venta. Para mantener el consumo, algunos usuarios se vuelven distribuidores. Foto: El Guardián

La cannabis la empezaron a consumir a alrededor de los 13 años, edad propensa para engancharse en el mundo de las drogas, ése que ha mutado su rostro conforme pasan los años para seguir siendo clandestino.

Ahora es más fácil conseguir cristal, es lo que está de moda y deja más a los distribuidores; saben que ahí está el negocio, la ganancia. El efecto de mantenerse despierto y “al tiro” hace más probable que el consumidor regrese por más dosis.

Su ingesta imita la dopamina y la norepinefrina, lo que asegura la adicción casi inmediata, debido a la falsa felicidad creada, a la “energía” adquirida. En realidad hace que las neuronas sangren más, lo que a la larga reduce la producción de hormonas, creando una insatisfacción constante. Para entonces el consumo se convierte en necesario, obligado, para sentirse vivo o al menos tranquilo.

VAGAN ENTRE LA FELICIDAD Y EL DESEO DE MORIR

La habitación se llena de humo, sube en un hilo ondulado que topa con el techo y después baja denso. Se escuchan risas, pláticas sin sentido. Vagan de historia en historia, sin mínima coherencia, pero en perfecta sincronía entre cada relato.

En algún momento amanece. Se preparan para ir a trabajar, el cansancio no es problema por el momento. Ocho horas después –o más– acaba la jornada sin contratiempos, nadie se da cuenta que están bajo “la magia” del cristal.

El negocio. El cristal es una droga que cada vez es más fácil conseguir, es lo que está de moda y deja más a los distribuidores; saben que ahí está la ganancia, pues es altamente adictiva. Foto: El Guardián

Al cabo de los días, ya sin el efecto, la verdadera cara de la droga se muestra: escalofríos, ansiedad y dolor de huesos son sólo el comienzo del calvario.

Llega otro día, ya no hay risas. Ahora un silencio invade la casa. Ocasionalmente se escuchan lamentos casi imperceptibles que anuncian que alguien está vivo… deseando morir.

El cristal ya no puede entonces ocultar su naturaleza. La penumbra se apodera de sus consumidores. Los calambres ya son insoportables, al igual que el miedo, psicosis y delirios de persecución, enmarcados por escalofríos que nunca se fueron.

Ya no hay fiesta ni música, su vida arde como la metanfetamina que consumen, que pese al ‘Vía Crucis’ siguen consumiendo.

PASAN DE ADICTOS A VENDEDORES DE DROGA

La droga de moda es la que impone el precio, las demás bajan su costo y distribución por falta de demanda. Ahora, y desde hace dos años, el cristal está en la cima y su reinado parece no tener fin.

Las autoridades conocen algunos puntos de venta. Quitan uno y salen dos, la distribución está casi a la vista de todos. No hay más ciego…

Los vendedores son cautelosos, distribuyen a personas de confianza o a conocidos de ellas, rara vez se aventuran a despachar a un extraño. Conocen el riesgo, saben lo que pueden perder.

Algunos son astutos, compran drogas más económicas, como la mariguana, para distribuirla y sacar de ahí para consumir cristal. Juegan al gánster.

Foto: El Guardián

En el barrio son respetados, están armados e intimidan a cualquiera que intente pasarse de vivo, pero en realidad nunca han matado a nadie, ni siquiera han disparado.

Otra casa en la ciudad, como tantas, funciona como un punto de venta. En la entrada hay un sofá justo en medio de puertas cerradas. Frente a él, una mesa de madera con una báscula vieja llena de yerba, que comparte espacio con un arma cargada, lista para lo que se ofrezca. También hay teléfonos celulares, que no dejan de recibir mensajes.

Él es consumidor de mota, cristal, coca… pero ocasionalmente compra de más para vender, así solventa su adicción a la metanfetamina, que lo sumergió en este mundo bizarro de las drogas.

Al final del día las cosas toman su cauce, la vida sigue su ritmo, los consumidores en algún punto se vuelven distribuidores, las drogas cambian de rostro para no ser detectadas.

Ahora es el cristal, mañana será otra.

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